Perú, Día 1: Vuelo a Lima.

Iglesia de la Compañía, Cusco.

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Como suele ser normal al ser de provincia, era necesario desplazarse por algunas horas hasta CDMX en autobús, pero como el viaje apenas comienza, lo que debería ser cansado, solo alarga un poco más la ansiedad por tomar el primer avión con rumbo a tu próximo destino.

El vuelo a Lima sería con la aerolínea Aeroméxico e incluía varias “primeras veces” de mi parte. Primera vez en volar con esa aerolínea, primer vuelo hacia sudamérica, primer vuelo con comida “de verdad” y sobre todo, primer vuelo que casi me deja.



Entre la llegada a la central de autobuses de CDMX y el aeropuerto, hay un mundo. La CDMX es, como dijo Forrest Gump, una caja de chocolates. Nunca sabes lo que te va a tocar: puede ser una manifestación que dure años, una marcha temporal o simplemente nada. Siendo positivos, yo esperaría la tercera opción, pero es la que menos ocurre. A veces no es bueno ser tan positivo con la Ciudad de México. No se lo merece.

Debo aceptar que me fuí justo. Planeaba llegar con las 3 horas que de rigor exigen la mayoría de aeropuertos del mundo para un vuelo internacional. No contaba con el chocolate que me tocaría (el del tráfico), por lo que en vez de llegar con el tiempo requerido, lo reduje a la mitad. En lugar de intentar realizar check in a las 2 pm, eran las 3:25 y yo apenas estaba formado en los kioskos automáticos. Por alguna razón no pude, por lo que era necesario pasar a escritorio (hasta ahí desconocía la razón).

Una vez en turno me dan la tercera mala noticia del día: el vuelo a Lima está sobrevendido y por mi retraso era demasiado probable que no pudiese abordar el vuelo original, lo que me retrasaría hasta no sé horario o si sería ese mismo día, en el peor de los casos. Para mi fortuna, dicha situación se pudo solventar y después de algunos minutos me llamaron por las altavoces de la sala (lo cual me hizo sentir importante) para brindarme mi pase de abordar para la hora prevista. No todo podía ser tan cardíaco a esas horas de la tarde y con un viaje a punto de comenzar.

La salida con sus respectivos 15 minutos de retraso (5 pm) inició en tiempo y forma. Así son los aeropuertos y aerolíneas, lo sabemos.

El vuelo a Lima, si bien no fué excelente, si fué muy bueno. Aeroméxico suele tener buen servicio (al menos en mi opinión personal) en las rutas fuera de México. Una comida completa y dos refrigerios en las poco más de 5 horas de vuelo.

Al llegar un poco después de la hora prevista, lo acompañó un pequeño sustillo para no perder mucha costumbre. Al reservar el hotel para las dos primeras noches en Lima, se me ofreció un transfer desde el aeropuerto. Ya que iba a llegar un poco tarde, no me arriesgué y lo contraté. Pues bien, el señor chofer no estaba. Excelente! – pensé mientras un aire frío me recorría todo el cuerpo. ¿Y ahora? Mi positivismo seguía a flor de piel. Temblé.

Daba vueltas por las salas mientras veía como alegremente otros choferes recogían a los recién llegados mientras intercambiaban sonrisas como si se conocieran de años atrás. Yo no, yo seguía solo y buscando wifi. No sé para qué, si no tenía ningún tipo de contacto con el señor del taxi. Ni sabía cómo era. Mi idea era que, entre más se despejara la zona, más fácil me iba ser encontrar a esa persona que yo tanto añoraba.

Y si, así fué. Después de los 20 minutos más largos de mi vida hasta ese entonces, el señor del letrero con la letra (fuente tamaño 12, y exagerando) tenía mi nombre escrito. ¿Como se supone que mi ceguera me iba a permitir ver eso? Ah! pero el señor se excusó diciendo que ya tenía tiempo esperando por mí. El mismo que yo tenía buscándolo a él. El vuelo a Lima tuvo muchos puntos a mejorar.


Salimos por fin del aeropuerto, aún era viernes 21 de Junio, la emoción de estar llegando a Lima comenzó a invadirme. Claro, hasta que llegamos a una estación de gas. El chofer se baja y abre su cofre (o capo) mientras que una señorita de manera airada y hasta grosera me pide bajar. ¿Ahora cuál error cometí? – me pregunté 20 veces en menos de 3 segundos que demoré en bajar del viejo y descarcanchado auto. No está permitido cargar combustible con personas arriba del auto. Claro!!! Es algo que en todos los libros de viajes en Perú te mencionan (léase con el debido sarcasmo). Además de que el señor me pide que le pague, pues será dinero que utilizará para la gasolina. Sin más, accedí, no quería ningún problema a esas alturas de la noche.

El chofer era raro, a veces estaba bien y en otras no tanto. Un poco bipolar. Durante el trayecto me mostró algunas cosas, yo diría que hasta nos salimos de ruta además de que la ciudad tenía ese toque, sobre todo el centro, que siempre me imaginé. 45 minutos del aeropuerto hasta el hotel. Hotel España, en pleno centro, esperaba por mí.

La persona de recepción estaba un poco dormida, y supongo que eso le molestó. Escueto, frío y calculador. Palabras que lo definen muy bien. Con mi nombre bastó mientras agradecía a todo el mundo el por fin poder descansar. Una habitación grande y vieja, pero cómoda. Baño privado. Mi vuelo a Lima había sido un éxito, y mi primer día de estancia en Perú estaba por mejorar.

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